Con motivo de los ochenta y ocho años del Colegio Santa Catalina Labouré, cuyo nombre provino de una monja francesa perteneciente a la comunidad de las Hijas de la Caridad, quise, como egresada de la institución, hacer un recorrido por su historia e importancia para el municipio y la región.

Para tal fin estudié varios documentos históricos y hallé tres sucesos de importancia para la educación de la mujer colombiana: El primero de ellos ocurrió en 1842 cuando Mariano Ospina Rodríguez, elaboró un plan de reforma educativa que incluyó a las mujeres en un sistema educativo que pretendía poner fin a los actos discriminatorios sobre ellas; el segundo, que desde 1850 algunos pensadores liberales discutieron sobre la necesidad de que el género femenino accediera a la educación, porque de lo contrario el país no lograría el crecimiento social que necesitaba; y finalmente, lo atinente a las luchas ideológicas que permitieron a la mujer participar y acceder a cargos públicos y administrativos de mayor reconocimiento (Sánchez, 2019).

Visto el tema para el contexto de Santa Rosa de Cabal, cabe decir; sólo hasta 1880 se fundó el primer plantel de primaria para niñas, treinta años después de creadas las escuelas para varones. Y para secundaria fue similar, el colegio para varones fue creado en 1881; mientras para el suyo, las mujeres debieron esperar treinta y dos años más, no obstante, terminaban clausurados antes que las jóvenes pudieran culminar los estudios.

Tras varios intentos, surgió desde la comunidad de las Hermanas Vicentinas, el proyecto para fundar un colegio que permitiera formar y graduar señoritas en estudios secundarios. La Madre líder de esta conquista fue Vicenta Lorza, mujer aguerrida y avanzada, a quien le horrorizaba la idea imperante de que las niñas sólo podían estudiar hasta quinto de primaria, y en los años siguientes, tenían que dedicarse casi exclusivamente a ser amas de casa. Inició con la enseñanza basada en educación religiosa e intelectual, enfocada a satisfacer las necesidades sociales y domésticas del momento. El primer paso se dio el 15 de febrero de 1934 cuando empezaron las clases en el Colegio Labouré, que tuvo como primera directora a la ya mencionada Madre Lorza, y como profesores a varios presbíteros, a hermanas de la comunidad Vicentina y reconocidos personajes de la época.

Cabe mencionar que Jorge Eliécer Gaitán, siendo ministro de educación, visitó los colegios de Santa Rosa de Cabal y quedó gratamente sorprendido con el Labouré, esto, debido al aporte cultural y de relaciones humanas que otorgaba el colegio a la comunidad, según lo descrito por L. Enrique Valencia en su libro, “Historia de Santa Rosa de Cabal”.

Después fue la segunda directora, quien finalmente, lograría hacer aprobar el bachillerato completo hacia el año 1949, y dos años más tarde, lo conseguiría para La Normal.

Recopilando información, tuve el privilegio de encontrar una de las primeras egresadas, de las pocas que quedan para ‘contar el cuento’. Se trata de Inés Correa Isaza, que a sus 90 años conserva su memoria tan intacta como sus manos; mientras relata su experiencia estudiantil, expresa que sus manos no pueden parar de tejer puntadas enseñadas por la mamá, quien a su vez las aprendió en el colegio y luego perfeccionó, de hecho ahora trabaja en la elaboración de un mantel para su sobrina María Cristina. Doña Inés guarda con esmero los recuerdos del colegio, como la revista “Ecos del colegio Labouré”, que contiene parte importante de la historia de la institución y fue emitida a pocos días de la graduación, coincidiendo con el año de aprobación del bachillerato. También conserva la programación de la ceremonia de grado y algunas fotos, como las del diploma y el mosaico, que debían tomarse en Manizales porque en la época no existía en Santa Rosa esa tecnología.

Los inicios de las primeras estudiantes

Relata con voz fuerte, que parte de su primaria transcurrió en la escuela “Anexa San Vicente”, que para entonces operaba en el primer piso del colegio, al lado izquierdo del proscenio; allí mismo se ubicaba la entrada al comedor de las monjas. Sobre estos salones de primaria, tiempo después, ubicaron el internado que ocuparían niñas provenientes de varias regiones. Y los cuartos eran simplemente salones grandes con pequeñas camas. De esos días recuerda la enorme puerta de madera que permitía el acceso al colegio, y la cancha de baloncesto que tenía el piso de tierra. En el segundo piso vivían las monjas y estaba ubicada la oficina de la dirección, justo sobre la entrada principal. Hilando recuerdos ella piensa que tal vez la Madre Lorza debió recibir una jugosa herencia en esos años, y la invirtió en obras de infraestructura para el colegio; pues el caso es que hasta una piscina hizo para que las niñas la utilizaran los sábados en la tarde, como un espacio de recreación; pero no corrió mucho tiempo para que algunos personajes del pueblo reclamaran por la ropa que usaban las jovencitas en esta actividad y tal vez por ello, años más tarde, la acabaron.

Imagen: Muestra de caligrafía en el Labouré.

Hacia 1944 abrieron el bachillerato, eran doña Inés y otras veinticuatro niñas; para ese momento el piso de la cancha ya tenía suelo de concreto. Ella aclara que unos diez años atrás el colegio inició donde ahora se ubica la escuela “La Anexa” pero después fue trasladado junto a la sede de las niñas de primaria, lo que en la actualidad se encuentra en demolición. Y explica que les tocó pasar por todas las visitas de los inspectores del Ministerio de Educación, y las monjas les hacían sentir el miedo más terrible previo a cada inspección ministerial, momento que resume diciendo: “fuimos las víctimas de la aprobación”

En una ocasión, debido a la escasez de profesores en física y química, las monjas decidieron contratar a Antero Marín, un reconocido ingeniero que orientaba estas asignaturas. Dictó clases de manera intensiva, entre semanas, ya que debía compartir el tiempo con la atención a una obra civil en La Dorada. Entonces acudieron a horarios nocturnos para recibir clases de refuerzo, pues las monjas, para no correr riesgos con el Ministerio, contrataron a un docente proveniente de Pereira para fortalecer esa área, en horarios extra, de cinco a siete de la tarde.

Imagen: Escrito de Mary Velásquez Arbeláez.

Y es que en el Labouré la calidad era un tema medular, el plan de estudios incluía asignaturas como apologética, filosofía, francés, inglés, mecanografía, taquigrafía, historia, geografía de Colombia y Universal; sobre esta última comentó que este periodo coincidió con la segunda guerra mundial, y por ello la profesora con frecuencia solía decir: “este o aquel país, ya no existen”, lo que generaba un meollo de tamaños monumentales. Por lo demás, profundizaban en educación cívica, urbanidad e historia sagrada. Hasta había un Centro Histórico Literario, con junta directiva conformada por las mismas estudiantes del colegio. Sobre este capítulo ilustre remató diciendo: “nosotras sí estudiábamos ortografía, no como los jóvenes de hoy, para los que escribir vaca, con “v” o con “b”, siempre les dará la misma leche”.

Tampoco olvida las actividades culturales, compuestas por círculos literarios, discursos, ensayos para obras de teatro como la “Pasión de Cristo” y “la Independencia de Colombia”, obras en las que la Madre Lorza invertía tiempo y dinero. También había dos pianos, uno ubicado en el proscenio y el otro, detrás de este, en el salón múltiple. Era la Madre Sanbel, de origen francés, quien daba clases de piano, sin que siquiera el Parkinson que padecía se lo impidiera. Otra personalidad importante para el colegio fue el Capellán Enrique ForÇans.

Algo más, las viejas hojas amarillas de los documentos aportados por doña Inés, en las que se palpa el desgaste de los años, reportan a Pedro Luis Alzate, un distinguido miembro de la sociedad santarrosana, ocupando el cargo de subdelegado del Ministerio para presenciar y hacer una especie de veeduría a los exámenes de grado. Y tras este cúmulo de hechos, el Ministerio de Educación, mediante resolución número 1902 del 28 de octubre de 1949, aprobó, ¡por fin!, el primer bachillerato para las mujeres santarrosanas, todo un acontecimiento.

Entonces abundaron los reconocimientos al aporte de las Hermanas Vicentinas. El alcalde de la época, César Botero Arango, emitió el decreto número once, para exaltar la meritoria labor en bien de la educación femenina y la cultura general del municipio. En el mismo orden se pronunciaron diferentes personalidades, entre ellos el presidente Mariano Ospina Pérez, el Ministro de Gobierno y otros notables.

Es preciso mencionar que el Colegio Labouré, fue privado hasta el año de 1974. Y justo hoy 15 de febrero, cumpliendo ochenta y ocho años de existencia, cuenta en su haber a 4951 egresadas en distintas modalidades. El aporte principal como institución educativa, ha sido educar a la mujer santarrosana, rompiendo esquemas atrasados, patriarcales, y promoviendo el derecho de la mujer a recibir educación de calidad, y la oportunidad de desempeñar mayores roles en la sociedad. Hechos que también aportaron para que a Santa Rosa le fuera otorgado el reconocimiento de “Ciudad Modelo”.

Otra egresada, ésta bajo la modalidad de la Normal, fue la señora Ruth Echeverri, quien hacia el año 1963, inició clases de segundo bachillerato en el Labouré. Ella recuerda con emoción los años maravillosos de encuentro estudiantil y no olvida que en esos dos pisos había grandes corredores, altas paredes y amplios espacios que permitían a las niñas, tanto de primaria como secundaria, disfrutar de eventos culturales, deportivos y académicos. Para poder estudiar allí, obtuvo un auxilio de cinco pesos mensuales, concedidos por el concejo municipal de Pereira, ya que para la época el colegio aún era privado.

Corredores del primer piso.

Para aquel entonces, estaba el internado, en el que se quedaban la mayoría de las niñas, entre ellas Beatriz Mejía, su compañera de clases, recordada por ser hija del reconocido político de la época, Camilo Mejía Duque, reportado en artículos de investigaciones sociales y económicas como uno de los principales líderes de la movilización separatista del “Viejo Caldas”, que dio origen al departamento de Risaralda. Agrega doña Ruth, que también estudiaba en esa época Lucero Montoya, nieta del reconocido profesor, poeta y escritor Baudilio Montoya, influyente en el departamento del Quindío.

Los padres visitaban a sus hijas los fines de semana porque los horarios del colegio eran intensivos, de 7 a 11 am, y de 1 a 4 pm, de lunes a viernes, y los sábados de 7 a 11 am; es que para entonces las distracciones no se imponían sobre el estudio como ocurre en tiempos contemporáneos. Además, los domingos debían ir a la misa en comunidad, así fue desde la época de doña Inés Correa. Para ese día debían lucir el uniforme de gala, conformado por una jardinera azul oscura de paño con tablones, camisa blanca de puño y cuello almidonado, corbata, boina y zapatos “cocacolos” blancos con azul. Un poco diferente a la de los primeros años de vida institucional, cuando era una bata verde, combinada con un cuello rosado y sombrero de paja del mismo color, que fue cambiado después, por un cuello y sombrero de fieltro de color blanco que era una pieza indispensable del uniforme; los zapatos también blancos, con medias casi a la altura de la rodilla. Así pues, los jóvenes disfrutaban este momento por ser el único espacio donde podían verse hombres y mujeres, y entre miradas fugaces, alguna coquetería florecía.

Detalle no menor en el uniforme para la época de doña Inés, el de diario, incluía una jardinera azul, camisa blanca, las medias largas y zapatos negros, mientras que el de educación física era una bata blanca larga. El de doña Ruth era la jardinera azul que usaban con el de gala y camisa blanca de manga corta, y para hacer deporte una falda azul claro con blusa blanca.

Las exigencias del colegio

Las monjas eran estrictas; el uniforme por ejemplo, además de lucir muy limpio, era medido con una regla desde el piso hasta el ruedo de la falda, y esa distancia no debía superar treinta centímetros; de lo contrario, se obligaban a bajarlo y por consiguiente la estudiante, como una forma de castigo, era devuelta a la casa.

También recibían desde segundo grado, una materia de costura, en la que aprendían a hacer un ajuar para bebé durante el primer semestre del año y en el siguiente, a elaborar otra pieza que podía ser un mantel con diferentes técnicas de bordado, una de ellas recuerda doña Ruth, era calado en Richelieu, técnica que tuvo su origen en Italia en los tiempos del renacimiento. Los trabajos se exponían al final del año en una renombrada feria.

Por su parte Sor Cecilia Gaviria, orientaba química y música, era una mujer exigente, que en horas de clase no permitía ni siquiera miradas o sonrisas entre las jóvenes, y les decía: “por favor niñitas”, expresión que acompañaba de un pellizco a la manga de la camisa; pero sin duda, poseía un nivel cultural realmente alto. Lo que comentaban, era que Sor Cecilia provenía de una familia rica de Nariño y de ahí la amplitud de sus conocimientos. Ella organizaba presentaciones tipo concierto en el colegio, escogía las cantantes principales y las segundas voces o coristas, cuenta Ruth, yo fui una de ellas, y cantábamos:

-«¿dónde estarán nuestros novios que a la cita no quieren venir? cuando nunca a este sitio faltaron y se desvelaron por estar aquí. Si es que me engaña el ingrato y celosa me quiere poner, no me llevo por él un mal rato, ni le lloro, ni le imploro, ni me importa perder su querer».


Esta es una zarzuela, Ronda de los Enamorados, La del Soto del Parral, que se estrenó en Madrid en 1927. El acto cultural se llevaba a cabo en el proscenio que lucía arreglado con flores, de una manera esplendorosa.

También les enseñaban inglés. Y dibujo, la dirigía Sor Josefina, que trabajaba en sombras y perspectivas y le encantaba que dibujaran la flor de los cartuchos blancos. Hasta clases de cocina recibían. En la materia proyecto social, que era enfocada a normalistas, se desarrollaban variedad de trabajos, ya que uno de sus principios era que las bachilleres pudieran realizar casi cualquier tipo de trabajo en comunidad. Ruth enfatiza en que iban a barrios de escasos recursos y construían letrinas. Y había una asignatura llamada puericultura, dirigida al cuidado del bebé y cuya práctica incluía visitas semanales a los hogares de aquellos barrios para aprender a preparar algunos alimentos, a bañar los niños y envolver los bebés.

Niñas contemplan acto cultural en el proscenio.

En educación física el profesor Orozco hacía competencias intercolegiales y se le daba mucha importancia al baloncesto y el softball, un deporte parecido al béisbol. Sor Bertha Hernández daba física. Por otra parte, Sor Inés Echeverri orientaba sicología, materia obligatoria para las normalistas, ella generaba tal nivel de confianza entre sus estudiantes, que podía dejarlas solas durante los exámenes y nadie se atrevía tan siquiera a torcer sus ojos hacia las evaluaciones de las compañeras. Por otro lado, Sor Sofía, orientaba Historia Universal. Los exámenes finales se tenían que desarrollar en papel tamaño oficio, con un alto nivel de exigencia, por lo tanto, no había clases durante esos días. Las rectoras de la época fueron Sor Teresa Muñoz y Sor Matilde Vera. 

Transcurrido el periodo imborrable de las hermanas Vicentinas, llegó la rectora Libia Valencia de Toro, quien tras ejemplar desempeño al frente de la institución, seguiría vigente por varios años posteriores. En días presentes su liderazgo fue reconocido por el gobernador de Risaralda y la sociedad municipal, siéndole otorgada la Cruz de Risaralda, por su entrega a la educación santarrosana, por ser un símbolo en la defensa de este patrimonio educativo y arquitectónico. Fue junto a ella y al comité Todos Somos Labouré que logramos evitar los intentos politiqueros de acabar el emblemático colegio.

Hasta aquí el relato para concluir que el Labouré formó mujeres como doña Inés, quien no pudo continuar sus estudios porque en la región no había oferta académica a nivel universitario, pero que, a pesar de ello, entre otras ocupaciones, se destacó como la de auxiliar contable en Manizales, en la oficina de representación de Gustavo Larrea, Cónsul de Ecuador. Y también fue una líder contra la corriente, pues integró el “Comité Femenino Pro-Caldas”, en épocas que definían la separación del “Viejo Caldas”. Entre tanto doña Ruth, se desempeñó como docente y pudo obtener estudios de maestría.

Promoción 1994.

Muchas historias hay por contar, igual número de historias de mujeres egresadas del Labouré por auscultar. Las múltiples vivencias de sus egresadas, en su mayoría olvidadas, han cimentado parte de la historia del municipio santarrosano; incluso, hoy varias brillan con luz propia en diversas profesiones, también como madres y hasta en el ejercicio de la política. Son tantos ejemplos de la tenacidad, capacidad y fortaleza de la mujer laboureña, que valdría la pena a sus descendientes preguntar ¿por qué a ellas no se han sentado a escuchar?

3 comentarios en «El Labouré, una historia con impronta de mujer.»

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